El teatro de los jóvenes universitarios. La Barraca

La Barraca es para mí toda mi obra, la obra que me interesa, que me ilusiona más todavía que mi obra literaria, como que por ella muchas veces he dejado de escribir un verso o de concluir una pieza, entre ellas Yerma, que la tendría ya terminada si no me hubiera interrumpido para lanzarme por tierras de España en una de esas estupendas excursiones de mi teatro.

Federico García Lorca posando con el cartel diseñado para La Barraca por Benjamín Palencia (Fundación Federico García Lorca, Madrid)

Si por algo se caracteriza la Segunda República es por la creación de una conciencia popular orientada a la posibilidad de acceso a la educación para la población. La intelectualidad, junto con la cultura obrera, articulan la culturización y modernización del país fuera de las escuelas y las universidades. Y el teatro es una de las formas más eficaces para conseguir ese objetivo, pues tiene el poder de llegar a todos mediante la palabra en acción. Por eso, el gobierno lanzó dos proyectos escénicos: el Teatro del Pueblo y la Barraca.

Las Misiones Pedagógicas, que incluían el Teatro del Pueblo, fueron creadas en 1931 y desaparecieron al comienzo de la Guerra Civil.  Se encargaban de difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas y villas y territorios olvidados de España, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural.  También se procuró interesar a la sociedad en la conservación y el acrecentamiento del Patrimonio Histórico.  Entre los misioneros que participaban en las actividades organizadas se encontraban escritores, maestros, o actores.  Paralelamente, otros grupos de teatro formados por jóvenes miembros de la Federación Universitaria Escolar (FUE) propusieron la ruptura y la búsqueda de nuevos públicos: la Barraca fue el más destacado. Provenía de Madrid, y contaba como líder a Federico García Lorca. Los recursos eran escasos, no así el entusiasmo de sus integrantes.

Bocetos de Benjamín Palencia (Fundación Juan March)

El nombre de “Barraca”, según Lorca, fue escogido porque el primer grupo de estudiantes que reclutó tenía la idea de inaugurar un local en Madrid a modo de barraca. Allí se ofrecerían  las representaciones, muchas de ellas títeres. Y aunque el proyecto no continuó de esta forma, todos se encariñaron con el nombre. La imagen emblemática de la compañía integra la máscara, símbolo del arte de Talía, y el carro de Tepsis, encargado de abrirse camino allá donde fuera. En cuanto a la indumentaria, basta con leer lo que el escritor José María de Salaverría escribió en 1932:

¿Un poeta andaluz vestido con el mono de los proletarios? Por algo dice la Constitución que somos una República de trabajadores. […] Parece un mecánico, un chófer, un obrero de taller, con su traje azul oscuro de tela ordinaria […] El cantor de los gitanos patéticos se ha transformado en un maquinista o cosa así.

Componentes de La Barraca

Los barracos habían sido reclutados mayoritariamente en las aulas de la Universidad Central de Madrid y debían compaginar sus estudios con su afición por el teatro, que los hacía recorrer España de un extremo al otro. Se presentaron numerosos estudiantes a la convocatoria para actores de La Barraca y fueron seleccionados por Ugarte, Lorca, asesorados por el criterio de los catedráticos Pedro Salinas y Américo Castro.

La Barraca se sostenía entre la tradición y la vanguardia; entre el respeto a los autores del pasado y el afán por incorporar los novísimos lenguajes artísticos. El teatro universitario venía a renovar la escena española desde una perspectiva propia y ejercía una doble labor: rescataban los clásicos del olvido y se los mostraban a quienes habían sido privados del teatro. Los espectáculos de La Barraca fueron La vida es sueño (Calderón de la Barca), Entremeses (Cervantes), El retablo de las maravillas , Fuente Ovejuna (Lope de Vega), El burlador de Sevilla (Tirso de Molina), Égloga de Plácida y Victoriano (Juan del Encina), La fiesta del romance, Las almenas de Toro (Lope de Vega), El caballero de Olmedo (Lope de Vega), y Retablillo de don Cristóbal (García Lorca).

Ante la cuestión de si el pueblo estaba o no preparado para presenciar clásicos, quizá demasiado complejos para su conocimiento, Lorca lo tenía muy claro:

Hay millones de hombres que no han visto teatro. ¡Ah! ¡Y cómo saben verlo cuando lo ven! Yo he presenciado en Alicante cómo todo un pueblo se ponía en vilo al presenciar una representación de la cumbre del teatro católico español: ¡La vida es sueño! No se diga que no lo sentían. Para entenderlo, las luces de toda la teoría son necesarias. Pero para sentirlo, el teatro es el mismo para la señora encopetada como para la criada. No se equivocaba Molière al leer sus cosas a la cocinera.

De izda. a dcha.: Mª del Carmen García Lasgoity, Mercedes Ontañón y Julia Rodríguez Mata, 1933 (Fundación Federico García Lorca, Madrid)

En 1936 todo se vino abajo. Lorca es asesinado en agosto y Manuel Altolaguirre asume la dirección de La Barraca, que se adapta a la guerra y ofrece funciones para los soldados del frente. En 1937 el Gobierno de la República trató de reorganizar la compañía, una labor demasiado difícil: algunos miembros habían caído, otros se encontraban ya en el exilio y algunos se habían reconvertido al nuevo régimen. Aún así, en agosto de ese mismo año tuvieron lugar algunas representaciones. El bando sublevado también tuvo su propia compañía: un grupo de intelectuales y artistas vinculados a Falange Española forma La Tarumba y representaron -curiosamente- algunas de las funciones que La Barraca había incluido en su repertorio tiempo atrás.

Esta entrada ha sido realizada, casi en su totalidad, gracias al libro La Barraca – Teatro y Universidad. Ayer y hoy de una utopía, realizado conjuntamente por Acción Cultural Española y la Universidad Complutense de Madrid, además de todo el material gráfico que procede, en mayor medida, de las fundaciones Juan March y Federico García Lorca.

Gracias a este valioso trabajo, he tenido la oportunidad de ojear por encima algunas pinceladas de las vidas de quienes formaron parte de aquella “utopía”. Eran todos españoles, de diversas partes de la geografía española y la mayoría murieron dentro de nuestras fronteras en años tardíos. Sin embargo, no puedo dejar de sentir un escalofrío al encontrarme con otros barracos que murieron en el exilio (Buenos Aires, Caracas, México D.F), otros que lo hicieron antes de la década de los cuarenta, y un puñado de ellos de los que, mediante un espacio en blanco, deduzco que no se tiene constancia ni de cuándo nacieron ni de si fallecieron.

Este es un pequeño homenaje a todos ellos.

En esta ocasión, Viva la República (Rafael Torres, 2006); y La Barraca. Teatro y Universidad. Ayer y hoy de una utopía (Acción Cultural Española y Universidad Complutense de Madrid) han sido las fuentes consultadas.

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Las maestras de la República: formación y condiciones laborales

no solamente se las enseñe a leer, escribir y algo de aritmética […], sino que reciban clases de cultura feminista, de influencia feminista […], en donde se pueda influir en su ánimo, en su espíritu, elevando sus sentimientos

Estudiantes (Historia de España, Francisco Sánchez Pérez)

Era Amparo Navarro Giner quien reclamaba la creación de escuelas nocturnas para la educación de las mujeres adultas que no habían tenido la oportunidad de ir a la escuela, sobre todo, para las obreras. Y aunque la alfabetización de las mujeres se presentaba con carácter urgente ante los sucesivos gobiernos de la República, la educación primaria siempre ocupó un lugar primordial para frenar la ignorancia entre las generaciones más jóvenes de españoles. España no tenía suficientes escuelas; y mucho menos, suficientes maestros. Una vez decretada por el Gobierno provisional la creación de las escuelas que necesita el país, urgía habilitar el procedimiento para seleccionar a los maestros que habían de regentar dichas escuelas. Con el Decreto del 23 de junio de 1931 se crearon siete mil plazas de maestros y maestras con destino a las Escuelas Nacionales, y con el Decreto del 3 de julio, del mismo año, quedaron aprobados los cursillos de Selección Profesional. De hecho, lo más urgente y eficaz no era educar niños, sino hacer maestros capaces de educar niños; y para ello, había que comenzar por establecer dos premisas que encontraban su base en la vocación de los futuros maestros. La primera de ellas reivindicaba la Pedagogía como una ciencia que debía sentirse no como tal, sino como un arte nacido de la inspiración; la segunda, defendía que, desde la inspiración, el maestro descubría a cada niño y, en cada momento, la verdad viva que cada niño y el momento impusieran.

Clase de primaria (A escola da Segunda República, Flores Tristán)

Clase de primaria (A escola da Segunda República, Flores Tristán)

El sistema seguido hasta ahora no podía satisfacer los nuevos empeños educativos de la República. Era necesario prescindir del anticuado sistema de oposiciones para adoptar normas más racionales en la elección del personal. Las clásicas oposiciones se sustituyen por unos cursillos de selección que constaban de tres partes. Además, se estableció que la edad mínima de los asistentes debía ser de dieciséis años. En la primera de ellas, se cursaban asignaturas tales como clases de Pedagogía, Letras, Ciencias, Enseñanzas auxiliares y de Organización y Metodología en las Escuelas Normales y Primarias. La segunda parte consistía en la realización por parte de los aspirantes al Magisterio de prácticas de enseñanza. Por último, se impartían lecciones de orientación cultural y pedagógica. Durante la duración del curso, los aspirantes debían redactar una breve nota diaria acerca de las tareas realizadas durante la jornada. Estas anotaciones eran presentadas al Tribunal provincial de selección personal, quien se encargaba del seguimiento de los futuros docentes y evaluaba su progreso para, finalmente, calificar al aspirante. La enseñanza se catalogaba dentro del grupo de las “profesiones liberales” que solían ser frecuentadas por miembros de las clases más altas. Pero, ¿qué papel desempeñaba la mujer, ante el machismo que impregnaba la sociedad y la dificultad para competir con sus homólogos masculinos? Las profesoras se concentraban en los niveles educativos inferiores, y conforme ascendemos a grados superiores (que demandaban una mejor cualificación y reportaban un sueldo mayor) su proporción va reduciéndose considerablemente. Las mujeres constituyen casi la mitad de los docentes en las escuelas primarias, normales y conservatorios de música. Su porcentaje se reduce en las escuelas medias (entre el 10% y el 2%) y más aún en las facultades de las universidades (entre el 3% y el 1%). En estas últimas existía una relación directa entre el porcentaje de alumnas y profesoras; es decir, que allí donde aparecía una mayor proporción de alumnas (en las facultades de Filosofía y Letras y en Farmacia), era donde las tasas relativas a la presencia de maestras ascendía. Aunque se tratase de mujeres instruidas y con un alto nivel de formación, no siempre podían ascender a puestos más prestigiosos por méritos propios. En 1932 se recogieron algunos casos de reticencia ante la entrada de mujeres en los puestos educativos más altos. Julia Parody, una afamada concertista con varios premios en su haber, protagonizó un injusto capítulo de discriminación laboral; y es que, habiendo aprobado la oposición para ocupar una plaza de catedrático de conservatorio de música, el Ministerio se negó a concedérsela.

Muchachas que terminaron Magisterio en 1934 (A escola da Segunda República, Flores Tristán)

Las circunstancias en que debían trabajar las maestras variaban según el nivel educativo al que se dedicaran y el hábitat rural o urbano en el que impartían sus enseñanzas.Las condiciones más duras eran sufridas por las maestras rurales. Sus sueldos eran exiguos en comparación con otros profesionales del Estado, aunque experimentaron un aumento a lo largo de la República; además, desde el 1 de julio de 1931, la jornada laboral se había establecido en ocho horas. En 1931 la retribución media de una maestra era de tres mil ciento sesenta y dos pesetas anuales, aunque el 76% del total cobraba tres mil o menos. Para 1935 el sueldo medio era ya de tres mil seiscientas ochenta y dos pesetas y tan sólo el 53% cobraba tres mil o menos.

La labor de las maestras rurales de desarrollada normalmente bajo condiciones penosas. Muchachas pertenecientes en su mayoría a las clases medias, acostumbradas a disponer de luz eléctrica y cuarto de baño en sus hogares, y a leer periódicos o ir al cine, se encontraban sin todo esto al llegar a su destino de trabajo. Las jóvenes se hundían durante años en localidades muy apartadas que solían estar muy mal comunicadas. Algunas estaban tan lejos de su hogar que sólo podían volver a este en vacaciones estivales. Por otra parte, los locales de las escuelas se encontraban, en su mayoría, en condiciones lamentables; algunos, dadas las circunstancias, consistían en cuevas abiertas en los montes. Además, el material didáctico era deplorable y para colmo de la maestra, en ocasiones, salía a recibirla una comisión de vecinos para exponer a su recién llegada que las lecciones impartidas a las niñas debían limitarse a la lectura, la escritura y la costura. En los niveles medios de la enseñanza, las retribuciones aumentaban y como los centros docentes solían estar ubicados en capitales de provincia, las condiciones de vida mejoraban considerablemente para los profesionales y el sueldo medio anual ascendía a las seis mil pesetas.

Esta entrada forma parte de un trabajo realizado para una asignatura de la Universidad. Las fuentes consultadas fueron: La vida amorosa en la Segunda República (Rafael Abella Bermejo, 1996); Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil (Mary Nash, 2006); La enseñanza en la Segunda República española (Mariano Pérez Galán, 1977); Historia de la educación en España. La educación durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1939) (Antonio Molero Pintado, 1991); Trabajadoras en la Segunda República – un estudio sobre la actividad económica extradoméstica (1931-1936) (Mª Gloria Núñez Pérez, 1989); y La geografía del bachillerato español (1836-1970) (Alberto Luis Gómez, 1985)

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La Constitución de 1931 y los derechos de la mujer

“Que el pasado se hunda en la nada ¡Qué nos importa el ayer! Queremos escribir de nuevo la palabra mujer”

Lucía Sánchez Saornil

Con la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 y la posterior aprobación de la Constitución el 9 de diciembre, la emancipación de la mujer atisbó un haz de luz que iluminaría su futuro hacia la liberación del yugo masculino.

Es indudable que se dieron pasos muy importantes que conducían a la equiparación entre hombres y mujeres, pero no fueron acompañados de un incremento en la incorporación de las mujeres a la producción extra doméstica, garante del aumento del número de mujeres independientes económicamente.

La causa que dificultó la entrada de la mujer al mercado laboral fue, principalmente, la propia sociedad. La nueva legislación igualitaria que proclamaba la Constitución se introdujo en una España en la que  los roles productivos de los sexos estaban muy diferenciados, lo que conllevaba a una aceptación social de la desigualdad entre sexos, una creencia muy difícil de alterar en tan sólo unos pocos años.

Otros derechos que se le reconocen a la mujer son, la posibilidad de tutelar menores e incapacitados, la autorización de ejercer la patria potestad sobre los hijos menores en un caso de viudez, o algunas novedades que igualaban a los sexos en el ámbito de penas por delitos pasionales.Sin embargo, el colectivo femenino encontró en esta nueva Constitución una equiparación política, jurídica y civil que se consagraba en varios artículos: el art.25 declaraba que no podrían ser fundamentos de privilegio jurídico, condiciones como el sexo o la clase social; el art.36, que reconocía el sufragio femenino para las mujeres mayores de veintitrés años y que se tornó real en las elecciones de 1932; el art.40, el cual admitía tanto a hombres y mujeres a los empleos y cargos públicos según su mérito y capacidad (aunque establecerá incompatibilidades, o trabajos vetados para las mujeres); el art.43, que aprobaba la posibilidad del matrimonio civil y del divorcio y que implicaban un recorte del ámbito de la influencia de la Iglesia; y el art.53, que disponía la posibilidad de que todos los ciudadanos, sin distinción de sexo ni de estado civil, fueran candidatos para Diputados.

La legislación social del primer bienio fue asombrosa en lo que respecta a la cantidad y a la calidad de las normas jurídicas, pero estas se enfrentaron a los intereses de las clases conservadoras y a los sectores más radicales del movimiento obrero. La consecuencia fue la apertura de un abismo entre la letra del texto constitucional y la aplicación práctica.

Pero, el trabajo era uno de los ámbitos en el que los poderosos mecanismos coactivos mantenían las desiguales relaciones de poder de género y que imponían la segregación laboral y la discriminación de la mujer. Esta tendencia se reflejaba en dos aspectos;

En primer lugar, la existencia de puestos laborales adjudicados exclusivamente a las trabajadoras y que eran denominados “propios del sexo”. Estos presentaban unas menores remuneraciones y guardaban una estrecha relación con las tareas socialmente concebidas como idóneas para las mujeres y que solían realizarse en el interior doméstico: limpiar, cocinar, coser, cuidar de niños o enfermos…, siempre permaneciendo en una categoría subordinada ante el varón.

En segundo lugar, si la igualdad entre los puestos laborales de hombres y mujeres eran efectivas, no lo era tanto su retribución: a la mujer se le retribuía con una menor cantidad de dinero.

Nunca las trabajadoras peor cualificadas ganaron más que sus compañeros con la misma categoría, lo que resulta lógico; sin embargo, la inferioridad en la retribución de aquellas operarias mejor preparadas que sus compañeros de inferior categoría, era real, lo que no respondía a ninguna explicación que lo justificara, sino la discriminación social de sexos.

Como excepciones al art. 40 de la Constitución de 1931, que planteaba la igualdad de oportunidades en el acceso al mercado laboral entre hombres y mujeres, la legislación tipificaba una serie de trabajos prohibidos para el colectivo femenino.

Las causas de esta exclusión respondía a diferentes motivos: de orden físico, por tratarse de trabajos muy duros o insalubres; y de orden social o económico, ya que en 1932 figuraban normativas que prohibían el trabajo femenino ante la existencia de desempleo masculino. De todas formas, puede pensarse que estas razones obedecían a la tendencia del patriarcado a controlar el trabajo de las mujeres fuera del hogar.

En relación a esta premisa, aparecen algunas bases con cláusulas en las que no se permite a las mujeres ascender laboralmente, como por ejemplo, alcanzar el puesto de directivo, por lo que permanecerían siempre subordinadas en los cargos.

Por lo tanto, lo que se extrae como conclusión, es que la tipificación de una serie de trabajos vetados a las mujeres supone una contradicción (por no hablar de la discriminación salarial), ya que estas normas se apoyan en la máxima de la inferioridad fisiológica de la mujer y que nada tienen que ver con la idea igualitaria que pretendía promulgar la Constitución.

Sobre las consideraciones de la incorporación laboral de la mujer, en la generalidad de los individuos, estaba arraigado el concepto de que las jóvenes debían abandonar su puesto laboral una vez contraído matrimonio. Así, la mayoría de las muchachas consideraba el casamiento como aspiración fundamental y solución de la vida que llevaba aneja la liberación de las penalidades características de todo puesto laboral.

Esta premisa estaba patrocinada por la Iglesia, la cual influía ampliamente en la cultura de la sociedad española, por lo que la opinión favorable al abandono del trabajo atravesaba todas las clases sociales, apareciendo tanto en las obreras o entre las propias estudiantes.

En el campo de la ciencia y la erudición, la diferente fisiología de los sexos todavía se manifestaba en la Segunda República como una razón de peso que impedía trabajar a las mujeres en las mismas condiciones que los hombres. Los representantes de estas líneas de pensamiento eran Freud, Santiago Ramón y Cajal o Gregorio Marañón.

En política, hacían propaganda de esta concepción los partidos conservadores como Acción Popular y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Influidos por su ideología católica, no contemplaban como una posibilidad la mujer que, una vez casada, continuara trabajando, ya que debía dedicarse a las labores del hogar, ser buena esposa y madre.

Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil (Mary Nash, 2006); Trabajadoras en la Segunda República – un estudio sobre la actividad económica extradoméstica (1931-1936) (Mª Gloria Núñez Pérez, 1989); y Viva la República (Rafael Torres, 2006), han sido los libros consultados para la elaboración de esta entrada.

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El drama de la prostitución en la República

Existe una abundante prostitución, tanto legal como clandestina. Legal, la que se ejerce en las casas de lenocinio donde las internas viven sometidas a una discreta vigilancia policíaca y a unas rutinarias revisiones médicas; clandestina, la que no se atiene a ningún reglamento y se practica en cualquier sitio y bajo los más diferentes disfraces. Los anuncios por palabras de algunos periódicos, sobre todo de El Liberal, se insertan centenares de avisos de supuestas masajistas, viudas inconsolables, jovencitas desvalidas… que solicitaban la protección de algún galante caballero. (…) La prostitución es un gran pozo del que muy pocas salen. El 90% se degrada con rapidez bajando todos los escalafones hasta el infierno del fondo. Las enfermedades venéreas hacen verdaderos estragos entre ellas, que acaban de mala manera, sin que nadie les tienda una mano compasiva, sin que nadie se duela de sus tragedias que sirven, como máximo, para lección y escarmiento de chicas que pueden sentir la tentación de los placeres carnales como medio para ganarse la vida.

Era la cruda realidad que describía el periodista Eduardo de Guzmán en el madrileño diario La Tierra.

Los años treinta fueron los del gran auge de las mancebías. Y es que, a la par que las relaciones sentimantales que habían sido formalizadas discurrían siguiendo los cánones tradicionales preestablecidos, era posible llevar “otra vida” que solucionara el problema que había de deshacerse una vez se llegara al matrimonio.

Al acto sexual se le seguía llamando “hacer el amor”, pero los “amores fáciles” era posible encontrarlos en los burdeles, y era una estupenda solución para los casos de timidez. El título de “profesionales del amor” definía a una categoría de mujeres que, pese a estar socialmente desconsideradas, merecían el respeto de quien hace del amor una profesión.
Para llegar al rango de profesionalidad requerido, los caminos eran diversos, pero casi todos pasaban por un episodio más bien traumático: la pérdida de la virginidad a causa del abuso, el engaño o la necesidad.

El prostíbulo era una institución reconocida oficialmente por una autoridad que otorgaba cartillas para ejercer el más viejo de los oficios. La típica casa de putas española la formaban su dueña y su encargada, que solían ser muy de derechas, y las diversas mujeres que allí trabajaban se las apodaba “de la vida”; allí solían ir a parar madres solteras que no disponían de recurso alguno o desgraciadas a las que la vida sólo le ofrecía esta posibilidad y aquellas favorables a la vida entre la juerga y el follón del trabajo horizontal.

El oficio las envejecía de manera prematura; tanto es así que se dice que una de ellas tras confesar su edad a un cliente y mostrar él su sorpresa por considerarle mayor, le contestó: “Es que estoy muy gozada”.

Había establecimientos catalogados de legendarios, como la casa de la Mediateta en la Coruña, la Bizcocha de Granada, la Emilia en Barcelona o la Turca de Pamplona. Pero también estaban los lupanares de lujo, con mujeres cuidadosamente seleccionadas en cuanto a su juventud y a su belleza. Por un alto precio, además de la ocupación normal, se ofrecían técnicas refinadas a las que acudían los estratos más altos de la sociedad. En general, los prostíbulos eran frecuentados por hombres de todas clases, uno para el desahogo fugaz y otros, casados, frecuentaban el local para huir de la rutina y otras preocupaciones personales.

Aunque la situación la mayoría de las prostitutas era dramática, se le había reconocido la utilidad pública que su función de higiene social reportaba a la sociedad, puesto que, por un lado, se protegía la virginidad de las muchachas decentes, y por otro, servía de desahogo de las necesidades fisiológicas de los hombres. Y a pesar de estos “beneficios sociales”, a estas mujeres se les negaba cualquier tipo de estimación.

Este, y otros temas muy interesantes en torno a la  intimidad de los españoles durante esta época, se encuentran en el libro publicado por Rafael Abella Bermejo, la vida sentimental en la Segunda República (Temas de hoy, Madrid, 1996).

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El espíritu sepultado: La Universidad durante la Segunda República

¡Pobre chico, cómo te han puesto la cabeza! Monarquizantes, filofascistas, fascistoide, comunistoides, catolicoides, republicanoides, socialistoides -¡cuántos “oides” todos de símiles y de semi!-, y luego cavernícolas de ambas contrapuestas cavernas y martillo y hoz, porra y haz, compás y escuadra, crucifijo y Corazón de Jesús. Y, además, FUE, y FE, y CEDA, y TYRE, y UGT, y CNT, y FAI, y… XYZ. ¡Y la pobre España, después de INRI, la llegará RIP! ¡Cómo te han puesto, pobre chico, la cabeza!

Era Miguel de Unamuno, en Gorros rojos y gorros gualdos, que sabía de la politización de la institución universitaria.

Son bien conocidas las luchas que el colectivo estudiantil de la década de los sesenta y setenta llevó a cabo para conseguir una universidad que no reflejara el régimen franquista. Era una generación a la que le quedaba ya lejos la posguerra y que contemplaba con curiosidad el mundo exterior: quiere saber, quiere consumir, necesita aprovechar todos los recursos. La universidad franquista se caracterizaba por un estado ruinoso: socialmente inadaptada, burocratizada y fiel a unos valores caducos que comenzaban a tambalearse. Y algunos, no todos, estudiantes se manifestaban en las calles ante el pueblo y tan sólo minutos después tenían que escapar corriendo de la policía.  Y lo que quizás no mucha gente sepa era que esta conciencia de los estudiantes no fue producto exclusivo de aquellas generaciones. Las que les precedieron son estas sobre las que hoy escribo.

A lo largo del siglo XIX la universidad española se había convertido mayoritariamente en una oficina de expedición de títulos académicos, burocrática, desprestigiada, dependiente del poder y fuertemente centralizada. Carecía de presupuesto y mucho menos de investigación y se caracterizaba por ser escasamente formativa y por la poca práctica que se impartía.

Cuando se proclamó la Segunda República se avivaron las esperanzas gracias a que la nueva clase política y gobernante contaba con la presencia de docentes partidarios de la reforma educativa. Los avances no fueron abudantes, pero sí significativos. Sin embargo, la atención prioritaria en materia educativa para los gobiernos republicanos era para la enseñanza primaria. Esta prioridad queda evidenciada si recordamos que en 1932, el 30% de la población española era analfabeta y otro 50% no estaba escolarizada.

Abrumadora presencia de mujeres en el aula de Filosofía, durante la clase de Instituciones Medievales.

Abrumadora presencia de mujeres en el aula de Filosofía, durante la clase de Instituciones Medievales.

Los planes de estudio universitarios se fundamentaban en la concepción orteguiana, que albergaba propuestas que tenían como fin basar la enseñanza en la inculcación de las grandes disciplinas culturales como materias básicas de conocimiento para cualquier formación profesional en la Universidad. Entre estas materias se encontraba la vida orgánica, la Física, el proceso histórico de la especie humana, la estructura y el funcionamiento de la vida social y el universo (Biología), la Historia y la Sociología.

Los nuevos planes de estudio rechazaban el tradicional sistema de exámenes y lo sustituían por una evolución global del periodo de especialización, basada en la constante colaboración entre estudiantes y profesores.  Pero, a pesar del revuelo causado, en realidad no se llegó a desarrollar un programa universitario republicano completo. Aunque existía una abultada presencia de representantes académicos en el gobierno y en la administración que renovaba las esperanzas de los estudiantes de cara a una reforma, la política debía centrarse en la Primaria, que se presentaba mucho más urgente.

En la época de la República sólo existían doce universidades: Madrid, Barcelona, Granada, La Laguna, Murcia, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Se esta experimentando, por lo tanto, un aumento del nivel cualitativo en la educación superior, pero que atañe a un colectivo de estudiantes y profesores muy reducido. Además, no hay que olvidar que esta reforma se concibe como una revolución burguesa y no obrera, a pesar del intento por parte de la Universidad de Barcelona por fomentar su proyecto de Estudios Universitarios Obreros.

De hecho, durante la etapa republicana, el número de matriculaciones descendió, por lo que, cuantitativamente no es un momento importante en la historia de la universidad española. Las facultades más concurridas eran, en primer lugar, las de Derecho, luego Medicina y en tercer lugar Farmacia, Ciencias y Filosofía y Letras.

Respecto al profesorado, además de los numerarios, los encargados de curso, los ayudantes auxiliares, pudieron incorporarse intelectuales y científicos al cuerpo docente universitario. El vetusto sistema de los catedráticos de la toga y el birrete había llegado a su fin.

La politización de la Universidad española en esta época es un hecho. La conciencia universitaria había adquirido fuertes rasgos de mixtificación  e idealismo y los estudiantes sabían de la importancia de los conocimientos, de la ciencia y la cultura como instrumentos de progreso social y el importante papel que en ello jugaba la Universidad. Esta conciencia se había forjado durante más de medio siglo en el duro enfrentamiento contra el oscurantismo religioso y el despotismo gubernamental, y que recorrió, desde la Restauración hasta la dictadura de Primo de Rivera: los profesores, cuya posición liberal les hacía negar el vasallaje al régimen, eran apoyados por los estudiantes, y también sancionados. Precisamente, sucesos como este reforzarían el valor que la libertad de enseñanza adquirió antes y durante la etapa republicana.

Con el inicio de la guerra, el mapa universitario se fragmentó siguiendo la política bélica del frente. Mientras los insurrectos controlaban un mayor número de centros, los más importantes se mantenían en manos republicanas: Madrid, Barcelona, Valencia y Murcia. Aunque se intentaba proseguir con la normalidad de las clases, desde el gobierno se decretó la suspensión provisional del curso 1936-1937.

Esta era la universidad que el Régimen franquista se encargaría de destruir desde sus raíces. Los universitarios tenían que educarse en las enseñanzas de la Iglesia Católica y de la Falange y prometerían fidelidad al régimen militar surgido de la derrota republicana en la Guerra Civil. Desapareció esta generación de universitarios: unos muertos, otros exiliados, y tantos encarcelados…

Sólo puedo preguntarme, lejos de opinar sobre los hechos que aquí se relatan, si es éste un modelo válido para la actual Universidad española.

Para más información, recomiendo los siguientes libros que he utilizado para la elaboración del post, sobre todo, el primero:

El atroz desmoche, de Jaume Claret y Movimiento estudiantil y democratización de la Universidad, de Enrique Palazuelos.

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El fascismo durante la República

A mi no me entra en la cabeza que todavía haya críos -porque eso es lo que son muchos de ellos- que se llamen a sí mismos fachas y que vayan luciendo el aguilucho en la bandera de España

Entre pregunta y pregunta, una de las personas a las que entrevisté ayer me decía estas palabras. Yo le había preguntado por el movimiento estudiantil de la Transición después de que Franco muriera y me habló del año 76 y de un agonizante franquismo que trataba de sobrevivir desesperadamente. Y luego me advirtió que todavía, aunque no lo comprendía, existían aquellos residuos.

Un poco tarde, por tres días, para hablar del famoso 20-N, de cuando murió Jose Antonio Primo de Rivera y el día que tenía que morir el Generalísimo. Muchos los recuerdan, como es lógico. Está claro que cada uno desde un punto de vista diferente. El más extremo, el de peregrinar a ese infame -perdón- monumento erigido en “memoria” de los que cayeron. Los que cayeron.

Recuerdo a una indignada Concha Carretero, el viernes pasado, que no acababa de asumir la muerte de aquellos camaradas que tenían mucho camino que recorrer. Y para ellos está dedicado esa mole de piedra, ese garrafal absurdo. Levantado por y para ellos.

Decía un inofensivo libro destinado a la enseñanza primaria, editado en 1960, “Temple Juvenil” de Carlos Rey Aparicio, lo siguiente en referencia al Valle, y cito textualmente (pág 42):

Muy cerca de El Escorial, está el Valle de los Caídos. A este lugar de paz y de belleza natural se trasladan los restos de millares y millares de españoles que, en uno y otro frente -fíjate en el propósito de la hermandad de la fundación-, que dieron su vida en la Cruzada de la liberación. (…) Franco, de quien ha sido la gran idea de esta construcción conmemorativa, escogió el emplazamiento…

Capítulo 4, “nuestra bandera y nuestro escudo”, del volumen Temple Juvenil (Carlos Rey Aparicio, 1960)      

Que la manipulación y la demagogia fueran las asignaturas preferidas por el Régimen para adoctrinar a los escolares es otra cosa, y no me interesa profundizarla en este espacio. Pero este fragmento denota la importancia y lo simbólico del lugar para quienes salen a la calle el 20-N y deciden peregrinar hacia allí, como consecuencia de un fanatismo relacionado estrechamente con un hombre que logró mantener viva una dictadura durante cuatro décadas, con la excepcionalidad -por parte del caudillo, claro está- de hacerlo fuera del contexto histórico mundial.

Y lo inquietante es que algunos de los miembros pertenecientes a esos grupos radicales, en el fondo, no saben por qué lo hacen. Qué implica entonar un Cara al Sol, qué simbolizan los símbolos de tu bandera (tan poco oficial como la que yo saco cada 14 de abril), de qué hablan tus ideales, ¿has leído algún libro de Historia que pueda calificarse como tal?, ¿Crees en todo lo que dices ser, sabes lo serio que es lo que te hace enorgullecer?

Y ahora es cuando empiezo, de verdad, a escribir lo que me proponía en un principio: esta situación no ha nacido como consecuencia de la muerte de Franco; ya había en la Segunda República quienes se declaraban fascistas (y, por favor, quede claro que Franco no comulgaba con el fascismo persé, y aunque adoptara sus símbolos, no era fascista) y afines a las derechas sin saber muy bien de lo que estaban hablando.

He querido rescatar un discurso de don Manuel Azaña, del día 16 de febrero de 1936, finalizado ya el bienio radical y en plena campaña del Frente Popular, que hablaba precisamente de esto, de la bendita ignorancia. No será difícil que a más de uno, mientras lee las palabras que en su día pronunció el que poco después sería nombrado Presidente de la República, le recuerde a algo la descripción que Azaña hace en su discurso.

Estoy harto de saber -ya va uno teniendo años y conoce bien su pueblo- que esto del fascismo en España es un pasatiempo de señoritos. Fascismo en España no puede haberlo por razones que son placenteras e incluso por razones que no lo son tanto. Sin embargo, la razón principal es la contextura psicológica del español, que no aguanta una disciplina. ¡Cuesta trabajo a los españoles disciplinarse en un partido, cumplir sus deberes más elementales, y se piensa que va a haber fascismo! Yo les daría a esos fascistas el fascismo durante cuarenta y ocho horas, y veríamos cómo salían gritando por las fronteras que ya bastaba de fascismo. Lo sorprendente es que hay gentes que, a título de conservación social, se dicen o propenden a decirse fascistas. Si en nuestro país se aplicase a las clases conservadoras una mínima parte de la legislación fiscal que se ha implantado ya en algunos países europeos, ya verían ustedes lo que iban a pensar del fascismo, del nacionalismo y del Estado totalitario. Estoy seguro, además, de que no pudiendo acomodarse al carácter español una organización de este tipo, militrarizada y jerarquizada, como no se usa siquiera dentro de las organizaciones auténticamente militares, lo que pasa en el fondo, y lo que resultaría al fin, es que, a través de esas pretensiones, más o menos modernas, y que son tan viejas como la palabra tiranía, a través de todo eso, lo que habría en España sería la consabida dictadura militarista y clerical, a la que estamos acostumbrados.

Aquí se harían las cosas a la española, como se hacen en todas partes, según el uso nacional. ¡Fascismo en España! Ya sabemos lo que es. Un caudillo dictador en el Palacio de Buenavista y fuertes expansiones del clericalismo triunfando sobre los restos de la voluntad nacional. No. Fascismo, no. Estado totalitario, menos aún.

Retrato de Manuel Azaña

 

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Mujeres republicanas, por Javier Larrauri

En la búsqueda de un evento que pudiera relatar para una asignatura de la universidad, apareció en mi camino la exposición de Javier Larrauri, “Mujeres republicanas”.

El viernes 19, a las 20:00 horas en el Ateneo Republicano de Vallecas se suponía que debía comenzar la exposición, pero seguía viniendo más y más gente de fuera y pronto no hubo sillas suficientes. Calculo que allí estaríamos unas setenta personas, pero el ambiente era cálido, como si de una reunión entre amigos se tratara.

Javier Larrauri es el hombre alto, joven, que viste una camiseta con los colores de la República. Lleva la cabeza rapada y una barba negra. Es artista plástico y el realizador del documental. La exposición de retratos de las mujeres que defendieron la II República durante la Guerra Civil fue inaugurada el año pasado en Rivas, pero nosotros vamos a ver el documental que incluye también los cuadros que pintó de cada una de las mujeres. Todos los que allí esperamos no podemos imaginar la grata compañía que nos espera: allí están presentes, y en primera fila, Carmen Arrojo, Concha Carretero, Nieves Torres y Felipa Plaza, protagonistas de esta emocionante historia.

Uno de los músicos que ha colaborado en el documental comienza a tocar el himno de Riego y, de entre todas las cabezas oscuras que hay en la sala, afloran tres pequeñas y con el pelo blanco, y cuatro puños que se alzan con decisión -quizás con menos fuerza que antaño- pero no con menos ganas.

Nieves Torres inauguraba aquella serie de entrevistas en las que, quince  mujeres de más de ochenta años, relataban cómo defendieron a la República, sin importarle a ninguna la posibilidad de morir por la causa.

Lo malo es cuando te meten en una celda pequeñita y te encierran

Felicidad García Bienzobás.

He estado politizada y lo sigo estando. Mira, esta foto es del día que salí de la cárcel. ¡Mira qué cara tenía!

Vicenta González.

Íbamos a escondernos a los olivos. Eso sí que era pasar miedo. Mucho miedo

Carmen Arrojo. Quien levantó una guardería en la Carrera de San Francisco para los niños huérfanos de la Guerra. Me pregunto de dónde sacará las fuerzas para hablar tan enérgicamente una mujer de noventa años que recuerda cada detalle de aquellos días.

Cuando me detuvieron, me obsequiaron con aceite de ricino

En el metro dormía muchísima gente, pero también bombardeaban las bocas del metro; recuerdo que Callao la destrozaron

Flor Cernuda. Quien cantó el Quinto Regimiento desde la residencia en la que se la entrevistó. Ahora, las que están presentes también la acompañan con sus voces.

No he ido a misa ni allí ni a ningún sitio.

¿Qué cómo veo la España de hoy…? si yo no la veo…

Piedad Arribas. Quien había sido una miliciana combatiente y que tuvo la mala de suerte de ser apresada nada más estallar la guerra.

Estábamos catorce mujeres en una celda de una sola.

Lucharé hasta que pueda.

Felipa Plaza. Quien había sido nombrada Madrina de Guerra del Batallón Alpino por las Juventudes Socialistas mientras defendía a la República.

¡Bueno, pues nombrarme lo que queráis!

Concha Carretero. Quien afirma estar en el mundo gracias a la solidaridad, el cariño y el amor que recibió de las presas.

Hay mucho que hacer todavía, y a nosotros no nos dejaron conseguirlo…

Ángeles García-Madrid. A quien la guerra la convirtió en poeta para no morirse de pena. Conoció a las Trece Rosas.

Tengo miedo de morir con el PP gobernando.

Angustias Martínez.

Ha sido una vida muy dura, pero no me pesa a mis noventa años.

Carmen Rodríguez.

Creo que habrá una III República.

Ana Zamudio.

Somos de izquierdas, como es natural.

Aurora Galé cerraba el documental. Ella había sido hija de un miembro de la CNT y tenía alojada una bala en uno de sus pulmones. Y, orgullosa, mostraba una enorme radiografía a tamaño natural de sus dos pulmones (uno de ellos con un objeto de forma redondeada dentro) contra su cuerpo.

Los aplausos inundan la sala. Porque el trabajo es una delicia, porque sus protagonistas son increíbles. Luego, las cuatro presentes se sentaron en cuatro sillas del estrado, y nos contaron aún más anécdotas, e incluso, nos regalaron algún consejo.

Carmen Arrojo comenzó hablando de su estancia en la cárcel:

Cuando teníamos que hacer nuestras necesidades, fuera, allí habían hecho unas letrinas. Íbamos acompañadas por dos soldados para que no nos escapáramos. ¡Con qué tranquilidad podíamos hacer nosotras nuestras cosas! ¡Era horrible! Menos mal, que, normalmente los soldados se volvían para que pudiéramos hacerlo con más tranquilidad. Y yo me acuerdo que había una mujer en el pueblo que era saladísima y un día les dijo a los soldados que nos llevaban a hacer pis: “desde luego, pa’ poco os ha valido ganar la guerra, porque pa’ venir a acompañar a cagar a las rojas…”

En el campo de concentración teníamos que dormir en el suelo. Y no teníamos nada. Tengo que hacer una declaración contra mi voluntad: ¡los únicos que nos trataban bien eran los italianos!

Y luego le tocaba el turno a la genial Concha Carretero, que pidió antes un homenaje por las Trece Rosas y por los Cuarenta y Dos Claveles. Nos recomendó el documental “Que mi nombre no se borre de la memoria” y nos avisó de que la película de Martínez Lázaro nada tenía que ver con la realidad.

Eran muy amigas mías. Muy camaradas. Me detuvieron en mayo, fueron a mi casa a por mí. Yo estaba en el mismo expediente que las Trece Rosas, y estoy aquí de casualidad. Porque mi vida está llena de casualidades. Me echaron pena de muerte en el Juzgado de Masonería y Comunismo. Me juzgaron en marzo del 44. A mí me soltaban por la calle para, que quien me saludara, fuera también pa’ dentro. Entonces, cuando veía a alguien conocido, con la vista le decía que no se acercara, que iba perseguida. Pues en una escapada de esas, a mi novio también le sacaron de la cárcel, aprovechamos el tiempo y tuvimos una hija. Cuando me juzgaron, estaba ya con mi niña, antes de cumplir el año, y nos decía “papá, mamá, guapos, guapos” y le lanzaba besos al jurado. Yo digo que el jurado se lo ganó la niña, porque les llamaba guapos cuando yo me cagaba en su padre. ¡La iban a dejar sin padre y sin madre! Nos metieron en un cuarto, yo ya con mi hija en brazos, que eso… eso no me lo quita nadie. Despidiéndome de ella. Con lo bonita que es… cómo va a vivir esta niña, decían. Total.. que al rato dicen ¡Concha Carretero… -y yo, el último adiós- …absuelta! Se me cayó la niña y me caí al suelo de la flojera que me entró. Por lo que fuera, me escapé.

Los que nos ha quitado, llenos de vida, llenos de juventud, de ilusiones y de esperanza en un mañana… eso es lo que no me entra a mí. No acabo de asimilarlo. Que nadie lo vuelva a pasar mal.

Y para finalizar, las cuatro mujeres entonaron la Joven Guardia con el puño derecho en alto -Concha Carretero y Carmen Arrojo de pie- y el aplauso, la admiración y el agradecimiento de todos los que tuvimos el privilegio de conocerlas, ponía punto y final a una exposición más que recomendable.

Carmen Arrojo relata su experiencia en prisión

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