El espíritu sepultado: La Universidad durante la Segunda República

¡Pobre chico, cómo te han puesto la cabeza! Monarquizantes, filofascistas, fascistoide, comunistoides, catolicoides, republicanoides, socialistoides -¡cuántos “oides” todos de símiles y de semi!-, y luego cavernícolas de ambas contrapuestas cavernas y martillo y hoz, porra y haz, compás y escuadra, crucifijo y Corazón de Jesús. Y, además, FUE, y FE, y CEDA, y TYRE, y UGT, y CNT, y FAI, y… XYZ. ¡Y la pobre España, después de INRI, la llegará RIP! ¡Cómo te han puesto, pobre chico, la cabeza!

Era Miguel de Unamuno, en Gorros rojos y gorros gualdos, que sabía de la politización de la institución universitaria.

Son bien conocidas las luchas que el colectivo estudiantil de la década de los sesenta y setenta llevó a cabo para conseguir una universidad que no reflejara el régimen franquista. Era una generación a la que le quedaba ya lejos la posguerra y que contemplaba con curiosidad el mundo exterior: quiere saber, quiere consumir, necesita aprovechar todos los recursos. La universidad franquista se caracterizaba por un estado ruinoso: socialmente inadaptada, burocratizada y fiel a unos valores caducos que comenzaban a tambalearse. Y algunos, no todos, estudiantes se manifestaban en las calles ante el pueblo y tan sólo minutos después tenían que escapar corriendo de la policía.  Y lo que quizás no mucha gente sepa era que esta conciencia de los estudiantes no fue producto exclusivo de aquellas generaciones. Las que les precedieron son estas sobre las que hoy escribo.

A lo largo del siglo XIX la universidad española se había convertido mayoritariamente en una oficina de expedición de títulos académicos, burocrática, desprestigiada, dependiente del poder y fuertemente centralizada. Carecía de presupuesto y mucho menos de investigación y se caracterizaba por ser escasamente formativa y por la poca práctica que se impartía.

Cuando se proclamó la Segunda República se avivaron las esperanzas gracias a que la nueva clase política y gobernante contaba con la presencia de docentes partidarios de la reforma educativa. Los avances no fueron abudantes, pero sí significativos. Sin embargo, la atención prioritaria en materia educativa para los gobiernos republicanos era para la enseñanza primaria. Esta prioridad queda evidenciada si recordamos que en 1932, el 30% de la población española era analfabeta y otro 50% no estaba escolarizada.

Abrumadora presencia de mujeres en el aula de Filosofía, durante la clase de Instituciones Medievales.

Abrumadora presencia de mujeres en el aula de Filosofía, durante la clase de Instituciones Medievales.

Los planes de estudio universitarios se fundamentaban en la concepción orteguiana, que albergaba propuestas que tenían como fin basar la enseñanza en la inculcación de las grandes disciplinas culturales como materias básicas de conocimiento para cualquier formación profesional en la Universidad. Entre estas materias se encontraba la vida orgánica, la Física, el proceso histórico de la especie humana, la estructura y el funcionamiento de la vida social y el universo (Biología), la Historia y la Sociología.

Los nuevos planes de estudio rechazaban el tradicional sistema de exámenes y lo sustituían por una evolución global del periodo de especialización, basada en la constante colaboración entre estudiantes y profesores.  Pero, a pesar del revuelo causado, en realidad no se llegó a desarrollar un programa universitario republicano completo. Aunque existía una abultada presencia de representantes académicos en el gobierno y en la administración que renovaba las esperanzas de los estudiantes de cara a una reforma, la política debía centrarse en la Primaria, que se presentaba mucho más urgente.

En la época de la República sólo existían doce universidades: Madrid, Barcelona, Granada, La Laguna, Murcia, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Se esta experimentando, por lo tanto, un aumento del nivel cualitativo en la educación superior, pero que atañe a un colectivo de estudiantes y profesores muy reducido. Además, no hay que olvidar que esta reforma se concibe como una revolución burguesa y no obrera, a pesar del intento por parte de la Universidad de Barcelona por fomentar su proyecto de Estudios Universitarios Obreros.

De hecho, durante la etapa republicana, el número de matriculaciones descendió, por lo que, cuantitativamente no es un momento importante en la historia de la universidad española. Las facultades más concurridas eran, en primer lugar, las de Derecho, luego Medicina y en tercer lugar Farmacia, Ciencias y Filosofía y Letras.

Respecto al profesorado, además de los numerarios, los encargados de curso, los ayudantes auxiliares, pudieron incorporarse intelectuales y científicos al cuerpo docente universitario. El vetusto sistema de los catedráticos de la toga y el birrete había llegado a su fin.

La politización de la Universidad española en esta época es un hecho. La conciencia universitaria había adquirido fuertes rasgos de mixtificación  e idealismo y los estudiantes sabían de la importancia de los conocimientos, de la ciencia y la cultura como instrumentos de progreso social y el importante papel que en ello jugaba la Universidad. Esta conciencia se había forjado durante más de medio siglo en el duro enfrentamiento contra el oscurantismo religioso y el despotismo gubernamental, y que recorrió, desde la Restauración hasta la dictadura de Primo de Rivera: los profesores, cuya posición liberal les hacía negar el vasallaje al régimen, eran apoyados por los estudiantes, y también sancionados. Precisamente, sucesos como este reforzarían el valor que la libertad de enseñanza adquirió antes y durante la etapa republicana.

Con el inicio de la guerra, el mapa universitario se fragmentó siguiendo la política bélica del frente. Mientras los insurrectos controlaban un mayor número de centros, los más importantes se mantenían en manos republicanas: Madrid, Barcelona, Valencia y Murcia. Aunque se intentaba proseguir con la normalidad de las clases, desde el gobierno se decretó la suspensión provisional del curso 1936-1937.

Esta era la universidad que el Régimen franquista se encargaría de destruir desde sus raíces. Los universitarios tenían que educarse en las enseñanzas de la Iglesia Católica y de la Falange y prometerían fidelidad al régimen militar surgido de la derrota republicana en la Guerra Civil. Desapareció esta generación de universitarios: unos muertos, otros exiliados, y tantos encarcelados…

Sólo puedo preguntarme, lejos de opinar sobre los hechos que aquí se relatan, si es éste un modelo válido para la actual Universidad española.

Para más información, recomiendo los siguientes libros que he utilizado para la elaboración del post, sobre todo, el primero:

El atroz desmoche, de Jaume Claret y Movimiento estudiantil y democratización de la Universidad, de Enrique Palazuelos.

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