El drama de la prostitución en la República

Existe una abundante prostitución, tanto legal como clandestina. Legal, la que se ejerce en las casas de lenocinio donde las internas viven sometidas a una discreta vigilancia policíaca y a unas rutinarias revisiones médicas; clandestina, la que no se atiene a ningún reglamento y se practica en cualquier sitio y bajo los más diferentes disfraces. Los anuncios por palabras de algunos periódicos, sobre todo de El Liberal, se insertan centenares de avisos de supuestas masajistas, viudas inconsolables, jovencitas desvalidas… que solicitaban la protección de algún galante caballero. (…) La prostitución es un gran pozo del que muy pocas salen. El 90% se degrada con rapidez bajando todos los escalafones hasta el infierno del fondo. Las enfermedades venéreas hacen verdaderos estragos entre ellas, que acaban de mala manera, sin que nadie les tienda una mano compasiva, sin que nadie se duela de sus tragedias que sirven, como máximo, para lección y escarmiento de chicas que pueden sentir la tentación de los placeres carnales como medio para ganarse la vida.

Era la cruda realidad que describía el periodista Eduardo de Guzmán en el madrileño diario La Tierra.

Los años treinta fueron los del gran auge de las mancebías. Y es que, a la par que las relaciones sentimantales que habían sido formalizadas discurrían siguiendo los cánones tradicionales preestablecidos, era posible llevar “otra vida” que solucionara el problema que había de deshacerse una vez se llegara al matrimonio.

Al acto sexual se le seguía llamando “hacer el amor”, pero los “amores fáciles” era posible encontrarlos en los burdeles, y era una estupenda solución para los casos de timidez. El título de “profesionales del amor” definía a una categoría de mujeres que, pese a estar socialmente desconsideradas, merecían el respeto de quien hace del amor una profesión.
Para llegar al rango de profesionalidad requerido, los caminos eran diversos, pero casi todos pasaban por un episodio más bien traumático: la pérdida de la virginidad a causa del abuso, el engaño o la necesidad.

El prostíbulo era una institución reconocida oficialmente por una autoridad que otorgaba cartillas para ejercer el más viejo de los oficios. La típica casa de putas española la formaban su dueña y su encargada, que solían ser muy de derechas, y las diversas mujeres que allí trabajaban se las apodaba “de la vida”; allí solían ir a parar madres solteras que no disponían de recurso alguno o desgraciadas a las que la vida sólo le ofrecía esta posibilidad y aquellas favorables a la vida entre la juerga y el follón del trabajo horizontal.

El oficio las envejecía de manera prematura; tanto es así que se dice que una de ellas tras confesar su edad a un cliente y mostrar él su sorpresa por considerarle mayor, le contestó: “Es que estoy muy gozada”.

Había establecimientos catalogados de legendarios, como la casa de la Mediateta en la Coruña, la Bizcocha de Granada, la Emilia en Barcelona o la Turca de Pamplona. Pero también estaban los lupanares de lujo, con mujeres cuidadosamente seleccionadas en cuanto a su juventud y a su belleza. Por un alto precio, además de la ocupación normal, se ofrecían técnicas refinadas a las que acudían los estratos más altos de la sociedad. En general, los prostíbulos eran frecuentados por hombres de todas clases, uno para el desahogo fugaz y otros, casados, frecuentaban el local para huir de la rutina y otras preocupaciones personales.

Aunque la situación la mayoría de las prostitutas era dramática, se le había reconocido la utilidad pública que su función de higiene social reportaba a la sociedad, puesto que, por un lado, se protegía la virginidad de las muchachas decentes, y por otro, servía de desahogo de las necesidades fisiológicas de los hombres. Y a pesar de estos “beneficios sociales”, a estas mujeres se les negaba cualquier tipo de estimación.

Este, y otros temas muy interesantes en torno a la  intimidad de los españoles durante esta época, se encuentran en el libro publicado por Rafael Abella Bermejo, la vida sentimental en la Segunda República (Temas de hoy, Madrid, 1996).

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